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2021: un año decisivo en la lucha climática

jueves, 22 de abril de 2021 | Mitigación

 

Las alarmas no han dejado de sonar a pesar de la pandemia. Y a António Guterres, secretario general de Naciones Unidas (ONU), se le agotan las palabras duras para advertir de las consecuencias de esta crisis climática planetaria. Esta semana hablaba de un escenario “aterrador” al referirse al último informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Esta agencia de la ONU lleva ya 28 años publicando sus evaluaciones anuales y la conclusión es cristalina: las evidencias e impactos del calentamiento global se agolpan. Por ejemplo, 2020 estuvo entre los tres años más cálidos jamás registrados, recordó la OMM. Los otros dos fueron 2016 y 2019.

Si la tendencia se mantiene, 2021 será otro año más cálido de lo normal. Como recuerda Freja Vamborg, científica del Servicio de Cambio Climático de Copernicus de la Unión Europea, los últimos seis años han sido los seis más cálidos desde que arrancan los registros fiables. Será cálido, pero también debería ser un punto de inflexión en la lucha climática, como reclaman desde las ONG, la ONU y otras instituciones internacionales y Gobiernos. “Verdaderamente”, recalcaba el lunes Guterres, “este es un año crucial para el futuro de la humanidad”. La pandemia hizo que se retrasasen hasta este 2021 dos importantes cumbres medioambientales: la climática que se debía celebrar en Glasgow (Reino Unido) y la reunión sobre biodiversidad de Kunming (China). Además, la pandemia sacó en gran medida de la agenda internacional la lucha contra el calentamiento. Pero el coronavirus no ha acabado con el problema. Como recuerda la Organización Meteorológica Mundial, “la desaceleración de la economía relacionada con la pandemia no logró frenar los motores del cambio climático ni la aceleración de sus impactos”.

En la cumbre del clima de Glasgow de 2020 los países tenían que haber presentado planes de recorte de emisiones de gases de efecto invernadero más duros de los que han ofrecido hasta ahora en el marco del Acuerdo de París. Pero, cuando terminó 2020, solo 75 de los casi 200 países que firmaron París lo habían hecho. Por eso se espera que 2021 sea determinante. También, por el regreso a la lucha contra el calentamiento de EE UU, cuyo presidente ha organizado una cumbre del clima, que arranca este jueves coincidiendo con el día de la Tierra, con los 40 principales jefes de Estado y presidentes del mundo para oficializar su vuelta. En esta cita presentará sus objetivos de recorte de emisiones de aquí a 2030, es decir, para la que se considera como la década más importante en los esfuerzos que debe hacer el ser humano por revertir el problema que ha generado con sus emisiones.

Rebote de las emisiones. Los registros oficiales de temperaturas que manejan la OMM y el resto de organismos científicos se remontan a 1850, cuando arranca la era industrial y cuando comenzó la quema de combustibles fósiles a gran escala para alimentar el desarrollo económico. Cuando esos combustibles se queman generan los gases de efecto invernadero que en gran medida se acumulan en la atmósfera y sobrecalientan el planeta. El principal de estos gases es el dióxido de carbono (CO?) y durante la pandemia estas emisiones cayeron. Pero, como han advertido desde el principio los expertos, tras la caída se producirá un rebote porque el descenso era por el parón coyuntural de la economía y no por un cambio estructural que modifique la forma en la que el mundo alimenta sus coches o genera su electricidad. La Agencia Internacional de la Energía prevé que en 2021 las emisiones de CO? ligadas a la energía crezcan cerca de un 5%, lo que supondría el segundo mayor crecimiento registrado hasta ahora. El anterior se produjo en 2010, tras la gran crisis financiera.

Aproximadamente la mitad del CO? emitido acaba acumulándose en la atmósfera —el resto lo absorben los océanos y la vegetación terrestre—. Esa acumulación atmosférica, la más alta de los últimos 800.000 años según la OMM, lleva al incremento de las temperaturas y de la intensidad y cantidad de fenómenos extremos como sequías, inundaciones y fuertes tormentas. “Los indicadores mundiales muestran que las temperaturas medias de los últimos cinco años son las más elevadas de las que se tiene constancia: 1,2 grados centígrados por encima de la media del periodo 1850-1900″, señala un informe que el servicio Copernicus, un programa de seguimiento de los efectos del calentamiento de la UE, presenta este jueves.

Esfuerzos insuficientes. El Acuerdo de París estableció que, para evitar los efectos más desastrosos del cambio climático, los países debían reducir sus emisiones de tal forma que a partir de 2050 tendrían que desaparecer. El objetivo general es que el incremento de la temperatura, que ya está en esos 1,2 grados, no supere los dos grados respecto a los niveles preindustriales. Y en la medida de lo posible que no se superen los 1,5.

El problema es que los planes de recorte de los países actuales llevarán a un incremento de más de tres grados. Por eso se requiere que los Estados aumenten sus objetivos de reducción. Algunos ya lo han hecho, como la Unión Europea, que ha pasado de una disminución para 2030 del 40% al 55% —algo que fijará en una ley climática— respecto a 1990, y el Reino Unido, que ha prometido llegar a un recorte del 68% al final de esta década. Estos objetivos se alinearían con la hoja de ruta trazada por la ONU para cumplir con el Acuerdo de París: que los gases de efecto invernadero globales se reduzcan un 45% en 2030 respecto a las de 2010. El problema es que Europa, con o sin el Reino Unido, cada vez tiene menos peso en las emisiones mundiales —no llegan ya ni al 10%— aunque sea uno de los responsables históricos del calentamiento al ser pionera en la revolución industrial.

La vuelta de Estados Unidos. El problema en este momento es principalmente cosa de dos actores: Estados Unidos y China, que acumulan cerca del 40% de las emisiones mundiales. China, el principal emisor global desde hace más de una década, se resiste desde hace años a que se le equipare con los países desarrollados en cuanto a las obligaciones de recorte de emisiones. Sus objetivos son mucho menos duros que los de la UE: alcanzar su pico de emisiones antes de 2030 y a partir de ahí, rebajarlas. Pero, a finales del pasado año, se comprometió endurecer algo sus planes y prometió que alcanzará la neutralidad de carbono (emitir tanto como retira de la atmósfera) en 2060.

El otro gran emisor, Estados Unidos, es una incógnita. Aunque su nuevo presidente, el demócrata Joe Biden, ha dado claras señales de querer colocar la lucha contra el cambio climático en el centro de su política, lo cierto es que EE UU no ha sido un socio fiable en esta batalla internacional si se atiende a su historial de espantadas. Primero, se desvinculó del Protocolo de Kioto a principios de siglo. Y, ya con Donald Trump como presidente, se desentendió del Acuerdo de París, un pacto que se firmó en 2015 y cuyos instrumentos de vinculación legal tuvieron que descafeinarse en gran medida para que lo ratificara Estados Unidos. Quizás por esto, China casi cada vez que interviene en un foro internacional sobre calentamiento insiste en que su país sí cumple con lo que firma y con lo que se compromete.

Coincidiendo con el Día de la Tierra, Biden ha convocado para este jueves y viernes una reunión con 40 presidentes y primeros ministros del mundo. A diferencia de lo ocurrido en los últimos años, en los que los dirigentes que no han mostrado compromisos contra el cambio climático no asistían, EE UU ha decidido invitar a controvertidos líderes como el presidente ruso, Vladímir Putin, y el de Brasil, Jair Bolsonaro.

En esta cumbre se espera que el presidente estadounidense presente sus objetivos de recorte de emisiones para 2030. Ese recorte rondaría el 50% respecto a los niveles de 2005 —el año en el que EE UU alcanzó su pico de emisiones—, según la información filtrada hasta ahora a los grandes medios de comunicación americanos. Esto supondría duplicar el objetivo que se fijó Obama antes de la firma de París. E implicará un gran proceso de descarbonización (dejar de usar derivados del petróleo, carbón y gas) de la economía estadounidense con especial atención al sector eléctrico y, sobre todo, al transporte. Jennifer Morgan, directora ejecutiva de Greenpeace Internacional, matiza: “Para ser considerado como un líder climático, Biden tiene que eliminar gradualmente los combustibles fósiles en su país y en el extranjero”. Eso supone poner fin a las subvenciones al poderoso sector de los combustibles fósiles. El otro asunto en el que se espera el regreso de Estados Unidos es en el referido a la financiación climática: los fondos que los países desarrollados aportan a los menos ricos para hacer frente a los efectos del calentamiento. Hasta la llegada de Trump, EE UU era el principal donante internacional.

Recuperación todavía poco verde. La pandemia sacó del foco principal al cambio climático y obligó a retrasar las cumbres de la ONU; sin embargo, los multimillonarios planes de recuperación de los países pueden suponer una aceleración de la descarbonización de la economía mundial, como llevan meses insistiendo varios organismos internacionales.

De momento, el balance es bastante discreto. La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) está realizando un seguimiento a las ayudas y estímulos que están poniendo en marcha los Gobiernos de los 43 países miembros de este organismo, entre los que están EE UU, China y la Unión Europea. La conclusión es que 336.000 millones de dólares de esos fondos covid (unos 309.000 millones de euros) tienen un claro impacto positivo medioambiental. Suponen el 17% del total del gasto en la recuperación hasta ahora. El problema es que una cantidad similar de fondos ha ido a parar a actividades que tienen un impacto negativo medioambiental o mixto en el mejor de los casos. Los dos tercios restantes de las ayudas a la recuperación no han sido todavía clasificados por la OCDE. Y de su desarrollo y de los fondos públicos que vendrán dependerá en gran medida que este 2021 se convierta verdaderamente en un año crucial en la lucha contra la crisis climática.

 

Fuente: El País